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Pincho Casanova
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muestra artista NEO JUGUETES DE MOTOR A PILA PINCHO CASANOVA

Curador invitado: Guillermo Giucci

“Arte, juego, tiempo” por Guillermo Giucci (UERJ)

Nuestro tiempo ya no es el movimiento de la Tierra alrededor de su eje y alrededor del Sol, sino el Tiempo Universal Coordinado.

Con el avance del conocimiento del átomo se descubrió un reloj más preciso que la Tierra, la frecuencia de resonancia de ciertos átomos cuando pasaban de un estado a otro. En 1950, se construyó el primer reloj atómico. En su construcción se utilizaron átomos de cesio. Su precisión era tan alta que en 1967 los organismos de normas internacionales cambiaron la definición de segundo basada en el movimiento de la Tierra por una definición basada en el átomo de cesio: el segundo es la duración de 9 mil. 192 millones. 631 mil. 770 períodos de la radiación asociada a la transición hiperfina del estado base del átomo de cesio 133.

Creo que esta información Wikipedia del tiempo artificial, que puede ser medido con implacable exactitud científica, nos sorprende. Convoca y provoca, porque recuerda el preguntar como ejercicio de la libertad y de la curiosidad. ¿Por qué se forman las nubes? ¿Por qué cantan los pájaros? ¿Qué es el tiempo? Una definición famosa del carácter elusivo del tiempo la dio San Agustín: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé” (San Agustín, Confesiones, XI, 14,17). La definición barroca del tiempo captura su paradójico no ser: “Ayer se fue; mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto”. En el siglo XX mucho se habló de la muerte del tiempo. Pero menos que las respuestas a las preguntas, destaco la sorpresa como trampolín de la creación artística.

Es común la afirmación de que los artistas conservan algo de la mirada infantil. “Hombre- niño” llamó Baudelaire a Constantin Guys, ese pintor del cotidiano que para el poeta francés era un hombre dominado a cada minuto por el genio de la infancia, o sea, un artista para el cual ningún aspecto de la vida era indiferente.

“Hombre-niño” quiere decir “Nada humano me es ajeno”. Nadie encarnó de modo más pleno este principio del interés por el mundo que el vegetariano Leonardo da Vinci, aunque Freud notó que la incesante actividad artística y científica de Leonardo se dirigía hacia el exterior, nunca a su interior, preservando el ser apolíneo de la angustia de la homosexualidad, sublimada en la investigación de la naturaleza y en el arte (Explicación de Freud). Lo curioso es que llegado a la edad adulta y famoso, Leonardo da Vinci continuaba complaciéndose en el juego. A los contemporáneos les sorprendía la dedicación a sus ingeniosos juguetes. No entendían cómo pasaba el tiempo inventando extravagancias, aunque ningún encargo le obligaba a ello. “A un singular lagarto que le trajo el viñador del Belvedere” escribe Vasari “(Leonardo) le hizo con la piel de otros animales, unas alas llenas de mercurio, que temblaban y se movían; luego le pintó ojos, le puso cuernos y barbas, lo domesticó y lo llevaba en una cajita, asustando con él a sus amigos”. Recordemos que Leonardo además disecaba cadáveres de hombres y de caballos, que observaba los gestos de los condenados a muerte, que estudiaba los efectos venenosos de las plantas y que dibujaba toda clase de máquinas hidráulicas, entre muchas otras actividades, como la música y la gastronomía.

Sus contemporáneos lo acusaron de inconstancia, lentitud y falta de entusiasmo en relación con el arte. Que comenzaba muchas cosas y no terminaba ninguna. Que su versatilidad e inestabilidad eran una maldición. Que desperdiciaba su tiempo en la investigación y en juegos pueriles. Seguramente es una leyenda, pero sumamente reveladora: próximo de su muerte, Leonardo da Vinci le habría confesado al Rey de Francia que había ofendido a Dios por no haber trabajado en el arte como hubiera debido.

¿Perdemos el tiempo cuando jugamos? Otro modo de preguntar sería “¿qué es el tiempo en el arte? Aprovecho aquí la historia de Chuang Tzu (que cuenta Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio y que retoma Ricardo Piglia en Formas breves). Chuang Tzu era famoso por su destreza en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado.

“Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurrieron diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó el cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.

¿Cómo medir el tiempo que lleva escribir un libro, pintar un cuadro, esculpir una estatua? ¿Cuánto tiempo le llevó a Octavio Paz escribir el breve poema “Objetos”: “Viven a nuestro lado, / los ignoramos, nos ignoran./ Alguna vez conversan con nosotros”. Vamos a conversar con los objetos del arte, teniendo como trasfondo los neojuguetes de motor a pila de Pincho Casanova.

¿Dónde estamos cuando jugamos? La pregunta es sobre el espacio del juego, porque “jugar” es diferente que hacer deportes. En el deporte el cuerpo compite contra sí mismo o contra otros. En cambio, podemos pensar el juego como la esfera de la expansión imaginativa, así como el niño sigue con su mirada las burbujas de jabón que sopló hacia el cielo a través del pompero. Cuando jugamos ampliamos los límites del espacio.

Vamos a diferenciar asimismo juego de entretenimiento. Cuando jugamos, no somos receptores de imágenes o sonidos que nos conmueven, sino creadores de mundos.

Transformamos. Jugar es hacer, dice Winnicot, es entrar en una zona transicional, en una tercera zona, en un espacio potencial. Una pila no es meramente una pila, un tornillo se convierte en parte de un animal. Y poco importa que el palo de escoba sea un símbolo fálico, sino la multiplicación de posibilidades. La proliferación conduce a movilidades e intersecciones, al alejamiento de lo arborescente y de las raíces, hacia la desterritorialización. Si la belleza fue definida como una promesa de la felicidad, el juego es el recuerdo de una posibilidad. Con frecuencia nos disculpamos por el rechazo de Rosebud y por su intromisión en nuestra conciencia, pero nos acosa la idea del desvío en la repetición, del extravío en la reproducción. Eco, martilleo, goteo, susurro, casi una reliquia de pregunta, ¿en qué sótano de nuestro ser se oculta ese censurado ejercicio lúdico, esa libertad de creación que no admite saturación y que muchos identifican con la propia humanización?

¿Cuándo nos desviamos? ¿En qué momento? ¿Cómo y por qué? Juan Carlos Onetti es el maestro de las respuestas a esas preguntas: cuando con convertimos en adultos y perdemos los ideales, cuando se despedazan los sueños de la adolescencia, cuando nos hacemos los hombres serios y decimos “Estoy a mil, no tengo tiempo (para jugar)”. Entonces habría que recordar las palabras de Conrad en la novela El corazón en tinieblas, “Qué horror, qué horror” (El horror, el horror).

Pero si seguimos jugando no le damos la bienvenida a Bob (“Bienvenido, Bob”, Juan Carlos Onetti). Estamos aquí y en otro lugar, adentro y afuera. En Montevideo, en la Ciudad Vieja, en el Centro Cultural de España, y en las playas de interminables mundos donde los niños juegan.

Bienaventurados los que juegan, porque transitan por horizontes abiertos. Sus expresiones materiales nos pueden gustar o no, pero en la literatura y en el arte reconocemos el “aire de familia”: Picasso, Duchamp; el impulso de juego de Schiller (Spieltrieb), Hoffmann, Kafka, Borges, Felisberto Hernández. Provocan con sus gestos de libertad, juegan con castillos inabordables e insondables, con autómatas y muñecas, con senderos de jardines que se bifurcan, con un manubrio de bicicleta que son cuernos de toro, con desnudos bajando por una escalera, con el ready made.

Por supuesto que habría que referirse a la intervención del Estado y a la política, a fundaciones, museos, galerías, premios, coleccionistas, marchands, curadores, catálogos, a los viajes de personas, objetos e ideas. Claro que deberíamos mencionar la desmaterialización de la obra de arte en la segunda mitad del siglo XX y el pasaje de la forma a la idea. Pero si hoy juego con el arte, es porque el arte juega con las cosas. Me gustaría seguir la ruta de los objetos, haciendo referencia a un extraño ready made, uno de tamaño monumental al aire libre: la Torre Eiffel.

Paisaje de fierro

La Torre Eiffel fue el máximo monumento de la Exposición Universal de París en 1889. Una enorme torre de hierro de 300 metros. Sólo sería posible gracias a los nuevos recursos ofrecidos por la técnica. En la época ningún monumento superaba los 170 metros. Un detalle: era un monumento inútil (sin función determinada).

Desde el inicio de la construcción de la Torre, en enero de 1887, hasta su finalización, el 31 de marzo de 1889, la obra fue un espectáculo público.

Apenas comenzadas las obras, un grupo de artistas protestaba contra la construcción de la torre, bautizada con el nombre de Torre de Babel.

Protestaba el grupo con ‘todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación’, contra la erección, en pleno corazón de la capital, de la ‘inútil y monstruosa Torre Eiffel’. 40 firmantes, entre los cuales se encontraban varios nombres importantes.

La belleza de París estaba amenazada según este grupo de artistas y arquitectos que hablaba en nombre del ‘gusto francés’, del arte y de la historia de Francia. La torre humillaría los monumentos y la arquitectura parisina. Una disputa entre el arte y la industria, entre el artista y el ingeniero.

Los epítetos se acumulan: “execrable esqueleto de un bicho fósil”; “farol verdaderamente trágico”; “esqueleto de atalaya”; “alta y flaca pirámide de escaleras de hierro”; “repelente poste con rejas”.

El propio Eiffel temía herir el gusto dominante de los franceses con su obra. Pero como ingeniero procedía del mundo de la industria, quedando relativamente libre de la tradición artística dominante. Lo importante era derrotar la acción del viento.

Aunque muchos técnicos habían afirmado que la Torre estaba condenada a caer, por hundimiento de las estructuras o de los cimientos, y propietarios de inmuebles cercanos reclamaron daños y perjuicios porque el peligro dificultaba el alquiler de sus casas, pronto la opinión pública pasó a manifestar su admiración por el monumento.

Escribe Roland Barthes que la Torre Eiffel pertenece a la lengua universal del viaje, exigiendo al turista o al visitante no parisino una visita iniciática. Subir a la Torre para contemplar París sería el equivalente del primer viaje por el cual el provinciano ‘subía’ a París para conquistarla. Y como la mirada aérea todo lo controla, se convierte en una aventura descifrar París, reconstruirla y reconocerla por medio de la visión eufórica.

Aunque la Torre remite inicialmente a la Revolución y a la Industria, su inutilidad la destina a convertirse en un símbolo de París y en una expresión de la libertad humana. La Torre Eiffel anticipa la sociedad del espectáculo. Pues la omnipotencia de la mirada y la estética de la distancia nos alejan del juego y nos sitúa en el ámbito del entretenimiento. No somos ni siquiera El Jugador de Dostoievsky, que arriesga su capital.

Simplemente compramos una entrada para el deleite. En la Torre está contenido el principio del cine, la televisión y la computadora. Ello explica en parte la atracción popular de una Torre vacía.

Para confirmar las palabras de Eiffel, el éxito técnico y popular coronó el esfuerzo. Dos millones de turistas durante la Exposición Universal de 1889, pagando entradas que variaban entre los 2, 3 y 5 francos. Hombres y mujeres subiendo los diferentes niveles en ascensores y por la escalera caracol de fierro, admirando el paisaje y constatando cómo la ciudad de París se tornaba progresivamente minúscula; comprando postales y modelos reducidos de la torre, botellas y velas, colgantes y cromografías, cortapapeles y pies de lámpara. Un negocio que la Sociedad de la Torre Eiffel se había asegurado por veinte años. Entonces la Torre debía ser demolida. Pero la Sociedad evitó la demolición renovando la concesión por otros 70 años, cuando finalmente la Ciudad de París recuperaría el control de la administración.

Eiffel intentó demostrar la utilidad práctica de la Torre para probar su valor. Instaló una estación de observación meteorológica, un centro de transmisión de telegrafía y de telecomunicaciones, una estación de radio. Ninguna iniciativa tuvo gran importancia cuando comparada con la dimensión mitológica. Ello porque la Torre pasó a ser visible desde casi todos los barrios de París. Su presencia sería prácticamente inevitable.

La Torre fue una referencia para vuelos en dirigible, que debían circundar el monumento antes de retornar al punto de partida. Inspiró acciones arriesgadas por parte de paracaidistas y aviadores, saltos y vuelos en aeroplano por encima o por entre los arcos del primer nivel. En 1912 murió el ‘hombre-pájaro’ Franz Reichelt, sastre de oficio, quien había confeccionado una chaqueta con una larga capa montada sobre resortes que debía actuar como un paracaídas. Destino semejante tuvo Marcel Gayet, quien se aplastó contra el suelo cuando experimentó un nuevo modelo de paracaídas. Léon Collet murió en 1926 al engancharse su avión con las antenas de radio.

Fueron los artistas de vanguardia que revalorizaron la Torre Eiffel desde el punto de vista estético. Arte y tecnología unidos. Antes la habían representado pintores franceses como Georges Seurat y el Aduanero Rousseau, Signac y Bonnard. Pero la torre, expresión industrial, se convierte decisivamente en un símbolo del arte internacional con los artistas de vanguardia. Poemas y pinturas, fotografías, obras de teatro, canciones, películas.

Apollinaire, Blaise Cendrars, Robert Delaunay, Jean Cocteau, Marc Chagall, Man Ray, Louis Aragon, René Clair, Diego Rivera y Vicente Huidobro son los ejemplos más conocidos de artistas y escritores que percibieron en este monumento inútil la posibilidad de ampliar el horizonte del arte.

De la Ofelia de los románticos pasamos a la Torre Eiffel de las vanguardias, un símbolo de la nueva era. Mientras la técnica enfrenta tareas complejas que exigen un alto grado de interrelación y de coordinación, la contienda de los artistas será con la luz, el color, el espacio y la representación de la simultaneidad.

Hay consecuentemente varias historias de la Torre Eiffel, de la industria y del arte, del nacionalismo y del entretenimiento. Lo mismo puede ser dicho de las tecnologías de la movilidad.

Registrar el movimiento y eliminar la repetición: “a experimentar, a experimentar” es el lema de diversos artistas modernos; basta de la enseñanza oficial, hay que abrir de nuevo los ojos y percibir la gran industria de tipo capitalista. En el paisaje urbano moderno se recortaba una geometría grandiosa, con sus calles, vías férreas, canales, cables eléctricos de alta tensión, tubos de agua, puentes, túneles, automóviles y aviones. El realismo tradicional resultaba insuficiente para representar la nueva estética de las máquinas, que había pasado a formar parte de la subjetividad contemporánea.

¿Qué relación mantienen las tecnologías de la movilidad con la representación artística? Selecciono tres ejemplos: el auto, el tranvía (eléctrico) y el avión.

AUTO TRANVÍA AVIÓN

Esa celebración artística de la era industrial se agotó. Estamos en un contexto que podríamos denominar “ecológico – virtual”. Importa aquí innovar, sin duda, pero también preservar y reutilizar. Recombinar los pedazos; rearmar los desechos. Pincho Casanova captó este nuevo espíritu de la época postindustrial, donde el tiempo no sólo es oro, sino además juego. Concluyo esta charla invitándolos a dialogar con los desconcertantes neo-juguetes de motor a pila de Pincho Casanova, nuestro inventor-artista del tercer milenio.



Artista(s) / Muestra Lugar... Horarios
Pincho Casanova Centro Cultural de España
Rincón 629
tel. 9157594


Del: 10/12/2009
Hasta: 20/02/2010

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