En pocas palabras…: Un friso de personajes reales o imaginarios, desde la mirada idealista, desesperada y compasiva del protagonista. Una declaración de amor a París, con rasgos de sensibilidad, humor y poesía.
Una forma de bailar
En un principio la premisa hacía recordar a otra película francesa,
Tiempo de Vivir (2005), en la que también había un artista joven (en ese caso un fotógrafo) con poco tiempo de vida. Pero rápidamente queda claro que, a diferencia de la de François Ozon, esta película de Cédric Klapisch es una obra coral. O casi. Porque en realidad el protagonismo sigue siendo de Pierre, ese bailarín profesional impedido de danzar mientras espera un transplante de corazón que puede (o no) salvarle la vida.
Pero la mirada de Pierre, sin mucho mayor entretenimiento que observar pasar la vida desde el balcón de su apartamento parisino, se va posando sobre diferentes personajes que transitan en torno a su edificio, y entonces la cámara de Klapisch los sigue por momentos a ellos o a ellas, mientras lidian con asuntos como el trabajo, la vida cotidiana y, sobre todo, el amor. Ese conjunto incluye a su propia hermana, Elise (la siempre estupenda Juliette Binoche), madre soltera de tres hijos y asistente social que tras el diagnóstico prácticamente se ha instalado en su casa para asistirlo a él.
¿Pero es la mirada de Klapisch o la de Pierre la que conduce esos relatos paralelos? En un momento casi inicial, el personaje le confiesa a su hermana que ha encontrado un nuevo pasatiempo en observar la vida de esas otras personas que ve desde su balcón, en imaginarse quiénes son, hacia dónde van. En convertirlos en “héroes de mis pequeñas historias”. Es entonces bastante lógico pensar que esas pequeñas historias salen de la inquieta imaginación de Pierre, producto de su excesivo tiempo libre y de las tribulaciones que deben afectar la mente de un hombre joven que quizás esté viviendo sus últimas semanas de vida. En ese caso se justifica el ligero aire torpe e ingenuo de algunas de las situaciones (como el acoso de mensajes de texto del veterano profesor a su joven alumna), e incluso el vuelo algo bizarro e irreal de la secuencia de la noche en el mercado. Es parte del idealismo, la creciente desesperación y la compasión con que Pierre elige mirar el mundo que lo rodea ahora que quizás le quede poco tiempo en él.
Es, también y sobre todo, una declaración de amor a París. Pero no de manera exótico-turística como en
París je t’aime, más bien en la manera carveriana (por Raymond Carver) en que Robert Altman retrató a Los Ángeles en Ciudad de Ángeles (1993), pero de forma más desordenada, más personal. En definitiva, más francesa.
París, esa ciudad en la que Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Hauts-de-Seine, 1961) se formó admirando a cineastas como John Cassavetes, Martin Scorsese y Woody Allen, quienes hicieron de su cine verdaderas declaraciones de amor a su Nueva York natal. París, esa ciudad que quita el aliento por donde se la mire, es aquí un micro mundo en el que tienen lugar actos de bondad y generosidad, gestos de amor y ternura, sonrisas esperanzadoras pero también lágrimas dolorosas, recelos y rencores, desesperanza y también la muerte repentina, impredecible, inimaginable. La ciudad como destino y también como punto de partida, donde confluye quien está harto de su entorno y se siente atrapado con quien arriesga su vida atravesando el mar en una barca detrás de la ilusión de una vida mejor; el laburante simplón o un poco bruto que sale de su casa antes del amanecer con las modelos frívolas y delicadas que dejan atrás las pasarelas horas antes de las primeras luces del alba; el intelectual harto de pensar (sobre todo de pensar en su vida) con el estudiante que quiere comerse el mundo.
Todos ellos, en algún punto, coinciden, se tocan, tienen algo en común. Todos son París. Cada uno con su forma de bailar. Algunos mejor que otros, a veces haciendo el ridículo (como el profesor, un personaje muy “alleniesco”), a veces ya imposibilitados de hacerlo sin caer rendidos (como Pierre), a veces con muchas más ganas de lanzarse a la pista de las que están dispuestos a admitir (como Elise).
Todos observados bajo la mirada compasiva y tierna del mismo director de Un aire de familia (1996),
Piso compartido (2002) y
Las muñecas rusas (2005). Quien haya visto alguna de sus películas sabe que Klapisch es muy hábil en la forma como convierte una situación individual en algo universal, por más que suceda en París, en Barcelona o en cualquier suburbio anónimo parecido a algún barrio montevideano. Siempre incluye al menos una forma de bailar en la que podemos reconocernos.
Por
Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy